Resumen: La presente investigación tiene el propósito de explicar la importancia de una de las figuras más notables de la Revolución Mexicana: el zapatista Otilio Montaño. El levantamiento de los pueblos del sur, en los estados de Morelos y Guerrero, dio como resultado una propuesta muy interesante en el amplio mosaico de este movimiento armado. Otilio Montaño fue uno de los personajes más destacados de la revuelta zapatista y uno de los ideólogos más cercanos al general Emiliano Zapata; sin embargo, una serie de factores eclipsó su buena estrella militar e ideológica. Los enemigos de este héroe zapatista aprovecharon ciertas coyunturas para llevarlo al paredón; después de su fusilamiento iniciaría su leyenda. Consideramos necesario reivindicar la trayectoria del general Montaño y preservar así su memoria históriica.

 

“Mi padre, al tomar la copa, Me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón. Y el mantel olía a pólvora.” Octavio Paz

PRELIMINAR La historia ha legado a las nuevas generaciones de mexicanos, al pueblo morelense en particular y a la nación entera, el imperativo de esclarecer las causas del fusilamiento de Otilio Montaño, general del Ejército Libertador del Sur y nada menos que el ideólogo del Plan de Ayala, “bandera suprema de los campesinos de México”, proclama que dio sustento a los cimientos de la nueva estructura agraria y social de nuestra nación.

   En su emotivo Testamento político, escrito en la Villa de Tlaltizapán, Morelos, a los 18 días de mes de mayo de 1917, después de haberle sido notificada su sentencia de muerte por el delito de rebelión contra la causa zapatista, el acusado Otilio Montaño hizo constar: que protesta contra la sentencia forjada a las sombras de la noche y no ante el pueblo, como lo pidió, […] para que el pueblo sepa y la patria juzgue lo mismo que la Historia, que se le negaron toda clase de garantías para que presentara las pruebas documentales para su defensa, que el mismo Lic. Antonio Díaz Soto y Gama tuvo en sus manos […] aclarando, que nunca fue un traidor y que, por el contrario, los traidores son los que arbitrariamente lo calumniaron, lo condenaron a muerte y lo atacaron no como hombres sino como fieras. (Womack J.1969, pág 78).

   Ante la nación entera acusa al Consejo de Guerra que suscribió tan arbitraria sentencia, ya que no le pudieron comprobar ningún cargo. Montaño hace un emotivo llamado para que el pueblo investigue los hechos, tome su defensa y, aun después de ser fusilado, se publique su Testamento político, documento que reivindicaría su memoria ante la historia y eliminaría el estigma de traidor con el que fue sentenciado; sin embargo, su mejor defensa ha quedado escrita en las páginas de la historia. Las mejores pruebas de su inocencia se han encontrado en el gran número de documentos elaborados y firmados por él, en donde demuestra la firmeza ideológica, social y democrática que dio sustento al zapatismo (Salazar, 1919).

   Estos principios exigían, principalmente, la restitución de los ejidos a los pueblos y a los campesinos. Sin duda alguna, en el Plan de Ayala, así como en la Ley Agraria del 28 de octubre de 1915, se encuentran condensados, por voz de Otilio Montaño, los propios anhelos y las aspiraciones de los campesinos de México y de los pueblos que se levantaron en armas “el 20 de noviembre de 1910” (Alessio Robles, 19

MONTAÑO Y EL PLAN DE AYALA No debe olvidarse que por los principios del Plan de Ayala lucharon los hombres del sur y que sus reivindicaciones agrarias dieron un profundo contenido social a la Revolución de 1910, así como un anhelo de libertad y justicia al campesino. Su lema fundamental, “Libertad, Justicia y Ley”, representa los principios inspirados en los hombres de la Reforma que habían reclamado “Justicia, Libertad y Paz” (Womack J. , 1996

   Zapata emprendió una tenaz y perseverante lucha que ha continuado vigente hasta nuestros días. La Revolución del Sur pedía “tierra y libertad, tierra y justicia”, pero lograr este objetivo requería destruir el régimen de latifundio y demoler estructuras ancestrales. El destacado historiador John Womack nos dice en su libro Zapata y la Revolución Mexicana, que los campesinos de Morelos “lo único que querían era permanecer en sus pueblos y aldeas, puesto que en ellos habían crecido y en ellos, sus antepasados, por centenas de años, vivieron y murieron en ese diminuto estado” (Womack, citado por Cumberland, 1975, pág. 12).

   Lograr este propósito significaba iniciar “una lucha a muerte contra los señores de la tierra, contra los gobiernos y los ejércitos que los sostenían y contra los prejuicios del intelectual y del jurista; contra los doctrinarios de una escuela que consideraba como derecho inviolable y sacrosanto el monopolio de la tierra que en su exclusivo provecho disfrutaban los latifundistas”. (Díaz Soto y Gama, 1976, pág. 79) Además, para los campesinos del sur, que habían sufrido el despojo de sus tierras comunales a manos de las compañías deslindadoras, el llamado que había hecho Madero en su Plan de San Luis, de “restituir a los antiguos poseedores los terrenos que les habían sido despojados” les brindaba la esperanza de que la Revolución les devolvería a los pueblos las tierras que históricamente les pertenecían. (Pineda Gómez, 201, 213).

   Con este anhelo, Montaño se incorporó al llamado de Madero y luchó tenazmente en defensa del Plan de San Luis, recorriendo el estado de Morelos al grito de “¡Abajo las haciendas y vivan los pueblos!”. Sin embargo, años más tarde, Zapata y Montaño, decepcionados por no haberse dado cumplimiento a los ofrecimientos hechos a los campesinos y a la nación por parte del presidente de la República, continuaron la lucha revolucionaria incorporando en su trascendental Plan de Ayala, los reclamos agraristas de los campesinos de Morelos (Díaz Soto y Gama, 1976,)

   El 25 de noviembre de 1911, en una emotiva ceremonia celebrada en la soledad de la sierra de Ayoxustla, Puebla, Zapata, reunido con un gran número de sus jefes y oficiales, “constituidos en junta revolucionaria para sostener y llevar a cabo las promesas que hizo al país la Revolución del 20 de noviembre de 1910” escuchó, en voz de Montaño, el Plan de Ayala. (Matute, 2002, pág. 123) En esta ocasión, los siete generales que se encontraban presentes, encabezados por su General en Jefe, Emiliano Zapata, veintisiete coroneles y cuatro capitanes, procedieron a firmarlo en un acto que conmovería a las huestes agraristas. A partir de entonces, para los zapatistas, el Plan de Ayala se convertiría en “una verdadera panacea a la que darían valor de sagrada escritura”, nos dice el reconocido historiador Alan Knigth. (Knight, 1992, pá

   El Plan demandaba la restitución de los terrenos, montes y aguas de los que hubieran sido despojados los individuos y los pueblos, la expropiación para formar ejidos, colonias y campos de labor y exigía la nacionalización de los bienes de los hacendados y terratenientes que hubieran ayudado a los gobiernos porfiristas y huertistas. Cabe señalar que algunas copias facsimilares que se han difundido sobre el Plan de Ayala vienen fechadas con tres días de diferencia. La mayoría de ellas señala el 25 de noviembre de 1911 como la fecha en que por primera vez fue proclamado el Plan entre los integrantes del Ejército Libertador del Sur que se encontraban presentes en Ayoxustla, Puebla; sin embargo, hay otras que están fechadas el 28 de noviembre de 1911 en Villa de Ayala. En consecuencia, se intuye que la fecha del 25 corresponde al día en que se firmó el Plan en esa sesión tan emotiva y solemne arriba mencionada, y la del día 28 se refiere a la fecha en que se dio a conocer a la población en general, en Villa de Ayala.

  Es importante destacar que los pronunciamientos plasmados en el Plan de Ayala dieron una gran trascendencia política a los zapatistas durante la soberana Convención, la cual recibiría con gran expectación y entusiasmo a los 26 delegados del Ejército Libertador del Sur. Vito Alessio Robles, secretario de la Convención, relata en su libro, La Convención Revolucionaria de Aguascalientes, que entre los integrantes de la delegación zapatista se encontraban cinco generales: Enrique S. Villa, Samuel Fernández, Leobardo Galván, Juan Balderas y Otilio Montaño, quien “llevaba un paliacate rojo atado en la cabeza y que por su tez morena, [su complexión] gruesa y [su baja] estatura era la viva imagen del caudillo Morelos” (Alessio Robles, 1979, pág. 208).

   Asimismo, señala que el jefe de la delegación zapatista, Paulino Martínez, pronunció un elocuente discurso señalando que “El Plan de Ayala era el pacto sagrado y la nueva alianza de la Revolución con el pueblo para devolver a éste su tierra y sus libertades que le fueron arrebatadas hacia cuatro siglos” (Paz Solorzano, 2012, pág. 200).

   La frase solemne de su discurso que alcanzaría una gran trascendencia ideológica, Tierra y Libertad, Tierra y Justicia, representaría la síntesis del Plan de Ayala, quedaría inmortalizada como fundamento de la causa zapatista y se constituiría en el pilar de la futura Reforma Agraria (Alessio Robles, 1979, pág. 217). Prueba de su gran significación, es que en la sesión que celebró la Convención, el 28 de octubre de 1914, en el Plan de Ayala, que fue aceptado con aclamación, se acordó: “devolver a los pueblos los ejidos y las aguas de que hubieran sido despojados y dotar de ambos a las poblaciones que necesitándolos no los tuvieran”. Estos pronunciamientos fueron aprobados con ovaciones y, al ser aceptados por la Convención, las reivindicaciones agrarias de la Revolución del Sur quedaron históricamente consagradas como la auténtica expresión de los anhelos de las masas campesinas (Díaz Soto y Gama, 1976, pág. 193). Antonio Díaz Soto y Gama señala que los años de 1917 y 1919 fueron muy críticos para el zapatismo, porque, una vez derrotado Villa, más de 30 mil carrancistas se lanzaron al estado de Morelos y encerraron a las fuerzas zapatistas en un círculo de fuego. La ocupación duró ocho meses, durante la cual exterminaron a muchos campesinos. Había una gran desmoralización entre algunos jefes zapatistas que, cansados por la prolongación de la lucha y por la pérdida de la fe en el triunfo, se refugiaban en la sierra y, sin combatir, o en su desesperación, cedían a las ofertas de los carrancistas, quienes incendiaban las cosechas y robaban el ganado para obligarlos a rendirse por hambre. Hubo “jefes que claudicaron, entre ellos el general Domingo Arenas, a cuya defección siguieron las de Francisco Pacheco, Lorenzo Vázquez y Otilio Montaño” (Díaz Soto y Gama, 1976, pág. 228)

EL DESENLACE Como es bien sabido, Otilio Montaño fue aprehendido el 15 de mayo de 1917, en Tlaltizapán, Morelos, por el coronel Gil Muñoz Zapata, jefe de la escolta del general Zapata, y juzgado por un Consejo de Guerra integrado por sus consabidos enemigos políticos y rivales que se prestaron para celebrar “una farsa que cubrió las formalidades de un crimen” (Salazar Pérez, 1982, pág. 17). Tres días después, el 18 de mayo de 1917, fue fusilado como un traidor a la causa zapatista y su cuerpo fue colgado de un árbol para escarmiento de los rebeldes. Sin embargo, momentos antes de morir dictó el Testamento Político antes referido, en el que acusa y hace responsables de su traición y muerte a sus verdugos: Antonio Díaz Soto y Gama, Ángel Barrios, Manuel Palafox, Reynaldo Lecona, Vidal Bolaños y demás firmantes de esta sentencia. Sabía que “moría para satisfacer mezquinas venganzas y ambiciones miserables”. Sobre el caso Montaño, el destacado historiador John Womack reconoce que “la revuelta en Buenavista de Cuéllar es un asunto confuso” (Womack J. , 1969, pág. 281). Algunos historiadores han asentado que el fusilamiento del profesor y general Otilio Montaño es “una página negra en la historia del zapatismo”, porque les resulta difícil comprender cómo el autor del ideario de los campesinos de México, siendo además amigo, compadre y uno de los correligionarios más cercanos de Zapata -se le vio batirse valientemente en los frentes de batalla- pudo ser tan ferozmente calumniado y acusado de traicionar la causa que él mismo impulsó. Por lo anterior, seguirá siempre pendiente en el ánimo del historiador de la Revolución Mexicana, como un deber moral y un acto de justicia, la tarea de reivindicar su memoria y atender al llamado que desesperadamente realizó momentos antes de ser fusilado (Garciadiego, 2006, pág. 67).